Vuelta al pasado: quienes se pelean, se desean.

En un momento de poca lucidez he querido tomarme un breve descanso de mis obligaciones profesionales para echar un vistazo a la caja de cartón mal cerrada que esconde todas las fotografías de mi infancia y pre-adolescencia. Escribo que he tenido poca lucidez porque mi intención era despejarme un rato de mis quehaceres pero lejos de ese propósito he sentido cómo la rabia se apoderaba de mí al ver la foto de mi primer novio, ese chico rubio que conocí en segundo de primaria.

La cuestión ha sido que la rabia se ha apoderado de mí no por el fracaso de lo que pudo ser mi boda soñada con ocho años con el primer chico al que besé; sino que ese chico se pasó los años actuando acorde a la siguiente frase:

‘Quien se pelea, se desea’.

Y no hubo relación desde los ocho años en adelante (bueno, hasta que entendí que el amor no tiene que doler, como diría Pamela Palenciano) en la que los chicos no mostrasen su lado de “macho alfa” en sociedad y un inmenso cariño en privado. Recuerdo cómo los chicos que decían gustarse de mi yo de diez años, me levantaban la falda del uniforme del colegio, me hacían el juego imposible en ‘educación física’ o me llamaban, no sé, cualquier insulto digno de niños de diez años. 

La cuestión -y lo que me enfada- es que se nos enseña a que el amor duele, a que quien te quiere te hará daño, que no importa cuántas veces se haga el duro delante de sus amigos negando que la tarde anterior hicisteis los deberes juntos siempre que esa misma noche te mande un SMS diciéndote que ha escrito tu nombre y el suyo en un trozo de tela que dicta ‘tú y yo, juntos para siempre’. Lo que me enfada de mi adolescencia, es haber creído que estar enamorada de mi mejor amigo y que él me rechazase públicamente era lo normal porque pensaba que los chicos no podían expresar sus sentimientos (que estaba colado por mí) delante de otros chicos; me molesta haber creído que mi suerte y valía dependía de si tenía pareja (del sexo opuesto, por supuesto), también hace que me hierva la sangre el pensar que me he subestimado constantemente desde que vi por primera vez a aquel chico rubio por si no era lo suficientemente buena, guapa o lista para él. Lo que hizo, por cierto, que desarrollase rivalidad (por recibir la atención del chico más guapo de clase) con el resto de chicas de mi curso -pero eso lo dejamos para otro artículo-. 

Así, para liberar la tensión que me ha supuesto recordar la manera en la que se promulgaba el amor hace quince años, he decidido creer que cada vez hay más padres, madres y personal docente concienciado sobre estas frases hechas y cuán hirientes pueden llegar a resultar. Ahora lo único que deseo con todas mis fuerzas es que si hay alguna niña de diez años ahí fuera sufriendo por si su recién llegado compañero de clase le hará ojitos mañana a las nueve de la mañana, sepa que el amor es la montaña rusa más bonita y excitante en la que subirte pero, sobre todo, espero que sepa que lo que nunca hace el amor es doler.
Porque quienes se pelean lo último que hacen es desearse.

María MB