Rebeca Moreno y Vanesa Ripio nos destripan su obra ‘Mothersplaining’

Tras haber leído la obra ‘Mothersplaining’ de Rebeca Moreno y Vanesa Ripio hemos decidido sumergirnos en el mundo de la maternidad desde un punto de vista, digamos, diferente, y para ello contamos con las palabras de las propias autoras en la siguiente entrevista.

DFeminismo: ¿Quién está tras ‘Mothersplaning’?
Vanesa y Rebeca: Nos conocimos coescribiendo Feminismos. La historia (Akal), hace un par de años. De ahí, nació una amistad telemática y muchas conversaciones en las que intercambiábamos pareceres sobre todo tipo de temas. Un día empezamos a hablar de maternidad y feminismo y Vanesa lanzó la propuesta de escribir un breve artículo entre ambas. Pero aquello se nos fue de las manos y se convirtió en Mothersplaining.
Rebeca es madre de una niña de 18 meses y profesora de la FP de “Promoción de Igualdad de Género” en un instituto de Elche, Alicante. Vanesa es una madre investigadora, además de maternar a dos criaturas, una de seis y otra de dos, se dedica a escribir una tesis sobre violencia y revolución simbólicas.
Ambas estudiamos filosofía en la UCM y aunque teníamos conocidas en común y probablemente nos cruzamos por los pasillos, nunca habíamos entablado relación hasta ahora.

El discurso del feminismo “clásico” del que hemos bebido se movía, como dice Vanesa, en el rechazo del maternar entendiéndolo como lastre para nuestro desarrollo profesional y personal.

DFeminismo: ¿Por qué escribir sobre la maternidad y el feminismo hoy en día?
V.: No me gusta hablar de “maternidad”, como un concepto abstracto en el fondo y sometido por eso a principios de deber ser. Prefiero hablar de maternar, como una práctica abierta a muchas posibilidades que necesitan ser exploradas y reflexionadas por cada una de nosotras. Y ahí es donde conectamos con el otro término de tu pregunta. Esa exploración y reflexión sólo pueden realizarse desde nosotras mismas como madres feministas.
Eso que se ha llamado maternidad está actualmente sometida al menos a dos vectores de fuerza contrarios: el del conservadurismo reaccionario, madre se nace (por decirlo con Beauvoir) y el liberal feminista, que rechazando la visión conservadora de la maternidad, rechaza el maternar mismo. Como dice el dicho en inglés: Throwing the baby out with the water. El segundo vector es sin duda el que abre una brecha en el interior del feminismo, en mi opinión la conjunción capitalismo-patriarcado ha llevado a las mujeres a una contradicción práctica insalvable: o trabajo, en los términos exigidos por el juego capitalista-patriarcal, o maternar, como fuera de juego de ese mismo juego. Fue Virginia Woolf quien más claro vio y advirtió de este lugar imposible para las mujeres que requiere para ser superado una indiferencia hacia aquel juego y una actitud experimental a un tiempo crítica y creadora de otro juego posible, uno auto determinado por nosotras mismas.
R.: Muchas de las que estamos siendo madres ahora somos feministas. El discurso del feminismo “clásico” del que hemos bebido se movía, como dice Vanesa, en el rechazo del maternar entendiéndolo como lastre para nuestro desarrollo profesional y personal. Antes de ser madre leía discursos que reivindicaban la maternidad y el hogar frente al empleo y me parecían reaccionarios aunque vinieran de voces feministas: yo misma me movía en ese paradigma. Creo que hay que problematizar eso, el feminismo tiene que dejar de mirar a las madres por encima del hombro, tiene que dejar de afirmar alegremente que la mujer que cría no hace nada o está sometida a mandatos patriarcales. Aunque la paradoja a la que nos enfrenta ese reivindicar el espacio privado y reproductivo no es fácil de solucionar (de esto hablamos mucho en el diálogo): quedarse fuera del juego, como propone Vanesa, no deja de ser quedarnos en el lugar en el que el patriarcado nos ha situado. Habría que transformar el tablero y las reglas, y esto es fácil de decir en abstracto y muy difícil de concretar y aterrizar.

DFeminismo: ¿Qué aporta el pensamiento feminista a la maternidad?
R.: La puesta en valor del trabajo de cuidados es una aportación de la economía feminista. El cuestionamiento de lo productivo y el empleo como eje de valor social es fundamental para repensar la maternidad en los términos en los que lo hacemos. El ecofeminismo también ha arrojado mucha luz al poner sobre la mesa la contradicción capital/vida, la necesidad de revalorizar todo ese trabajo invisible que sostiene al sistema productivo. De forma más genérica, creo que el feminismo es una invitación a redescubrir «lo femenino» desde otros ángulos, a pensarnos a nosotras mismas desde la autodesignación y dejar de mirarnos a través de los ojos masculinos que deciden qué vale y qué no.
V.: Pone en cuestión la maternidad misma, como explicaba arriba, como idea recibida, como deber ser abstracto e inalcanzable: “La maternidad es esto y lo otro”. ¡No señoras! Maternar es esto que hago y esto que siento, lo que haces tú y sientes tú y la otra que ha parido y se ha puesto la epidural o no y ha dado la teta o no la ha dado, qué se ha puesto a trabajar o ha dejado el trabajo para criar. Todo eso es maternar feminista si lo hacen mujeres que no se dejan arrastrar sin más por lo que debe ser la maternidad sino que dudan, reflexionan y toman decisiones propias.

Esto de que las “niñas son más malas”. Es un modo simplista y misógino de ver las cosas.

DFeminismo: ¿Cómo podemos enseñar a nuestras hijas a no caer en los juegos de «trashing» que ponéis de ejemplo en el libro?
V.: El fenómeno y el término trashing aparecen en el artículo que Jo Freeman escribiera con el mismo nombre y que se subtitulaba: “El lado oscuro de la sororidad”. En el interior del eje de dominación masculina, en el término dominado, entre mujeres, y en la lucha que genera tiene lugar un juego de distinción relacionado con los otros ejes de dominación: las mujeres de origen burgués, blancas, heterosexuales y “agradables” (como dice Freeman), generan dinámicas de expulsión implícita hacia las mujeres obreras, negras, lesbianas o “desagradables”, es decir, aquellas que no coinciden con la mujer mujer de la visión dominante burguesa, heterosexual, blanca y masculina.
Entre las niñas ocurre esto muy pronto, pienso que de un modo diferente, relacionado con la inseguridad de las que se juntan para expulsar a otra, a la que llaman: “Fea, mala y tonta”. Esa inseguridad, motivada seguramente por muy variadas circunstancias socio-familiares, se cubre luego de falsas seguridades, vinculadas a las características femeninas exigidas por aquella visión de la mujer que se sintetiza en las mujeres agradables.
Hablo ahora en primera persona, no creo que podamos por ahora evitar que nuestras hijas se vean arrojadas al trashing o que lo practiquen. Pienso que hay que hablarlo mucho desde edad muy temprana, hacerles ver que es un juego pernicioso que nos hace infelices. Enseñarles estrategias de distanciamiento del juego y la posibilidad de crear otros juegos más horizontales, donde se minimicen las relaciones de poder. Hace falta también trabajar su confianza en sí mismas, insistirles en que su criterio es el más válido, por encima de los recibidos y que por eso deben rechazar aquellos juegos que les dejen sin capacidad de decisión sobre el juego y sus jugadas. En el recreo, las compañeras de mi hija juegan al Club de X, donde X es una de las niñas dominantes, que manda de manera autoritaria. Un día me contó mi hija lo bien que lo pasaron cuando A. estuvo enferma y S. ocupó la presidencia del club. ¿Por qué? Básicamente porque S. era más democrática en relación con A. que ejercía el poder como una reina déspota.
Hay que advertirles también de que esta actitud resistente puede dejarles sin niñas con las que jugar, porque ocurre. Me contaba otro día mi hija que no tenía nadie con quien estar durante el recreo porque las niñas jugaban a discutir unas con otras y los niños a pelearse. Ella ha aprendido a rechazar ambas variantes dominantes.
R.: Este término me la enseñó Vanesa a través del artículo que menciona. Precisamente el otro día mi amiga J., tras leer el libro, me preguntaba por esto ¿Acaso es cierto el estereotipo de que «las niñas son más malas»? La cuestión es inquietante ¿Por qué se dan esas dinámicas? Supongo que tiene que ver con cierta competitividad aprendida que nos enfrenta a unas contra otras para ganar la aprobación masculina. Por eso creo que la sororidad es una apuesta muy potente y fundamental, la construcción activa y consciente de relaciones positivas entre niñas y entre mujeres. Sacar a la luz esos juegos de trashing, analizarlos con ellas, intentar ofrecer alternativas allí donde se pueda. Y también mirarnos a nosotras mismas y trabajaremos las envidias y rivalidades que seguimos reproduciendo. Por otro lado creo que también hay que visibilizar la otra cara de la moneda. Mis amistades más fuertes y profundas son y siempre han sido con mujeres, existe también una sororidad espontánea que hay que poner en valor.
V.: Intervengo de nuevo, tentación dialógica. Sobre esto de que las “niñas son más malas”. Es un modo simplista y misógino de ver las cosas. Recuerdo una mamá que continuaba esa frase: “… los niños son más nobles”. Aquí se ve lo que realmente se está jugando en ese tipo de afirmaciones. Yo le dije: “¡A ver si lo que quieres decir y no te sale es que las niñas son más listas!”
Las niñas son en general más capaces ya desde edad temprana de jugar al juego social, se dan más cuenta de todo, son una especie de sociólogas espontáneas. Esta comprensión lleva a conductas más complejas que pueden orientarse a la rivalidad o a la amistad sincera, como expone Rebeca. Pienso que hay conductas similares en los niños pero que se modulan de otra manera y que se gestionan no simbólicamente como en las niñas a través de ciertas palabras y gestos, sino que se pasa directamente a las manos.
También está el tema que comenta Rebeca de la aprobación masculina. No creo que se la busque explícitamente sino que el modo en que las niñas tratan de no caer en la desaprobación social es el de expulsar a otras niñas para sentirse por encima de ellas: “Eres tonta, mala y fea”.
En el caso de los varones y los niños, la desaprobación social consiste en caer en el saco de las niñas, de ahí de que las relaciones entre ellos se afiancen precisamente expulsando a las niñas: “Este juego no es para niñas”.

DFeminismo: Tras escribir el libro… ¿ha cambiado la concepción que teníais sobre maternidad?
R.: ¡Absolutamente! Siempre digo que dialogar con Vanesa me ha empoderado como madre. Su visión del asunto me ha hecho darle mucho más valor al trabajo maternal y me he convencido por fin de que es estupendo estar «enamorada’ de mi bebé y perfectamente compatible con ser feminista.
V.: Sin duda, el diálogo ha hecho posible transformar nuestras sospechas y malestares en torno a una maternidad que ha sido definida sin nuestra realidad como madres. Hemos generado a partir de nuestras experiencias, ideas y propias sobre qué es maternar y cómo hacerlo de la manera más libre y feliz posible.

DFeminismo: Para ir terminando, ¿a qué tres mujeres admiráis?
R.: Siempre me cuesta esta pregunta. La historia del feminismo está llena de mujeres impresionantes. Simone de Beauvoir es una maestra indiscutible. Por hablar de otros ámbitos, recientemente he descubierto a la escritora Lucía Berlín y me ha fascinado. También admiro a mujeres que han formado y forman parte de mi vida. Mi abuela Fina fue una maestra de dignidad.
V.: Voy a mencionar a dos mujeres y a un hombre que devino mujer. Virginia Woolf es mi referente teórico femenino, la complejidad y finura de sus observaciones siguen siendo ineludibles para nuestra acción feminista. Hay otras muchas, claro. Me viene a la mente Juana, una pastora de cabras muy mayor que conocí un verano y que me produjo una impresión muy grande. Iba con sus seis hermosísimas cabras que llevaba cada día a los mejores pastos con una alegría y un cuidado que me llegaron al alma. Esa inmanencia de su vida me emocionó profundamente. Luego está Miguel, mi abuelo hembrista: “Las mujeres valen para todo, los hombres para nada”. Esa era su lema que iba sembrando con quien se encontrara y su manera de devenir mujer es esa reivindicación de un juego social feminista.

DFeminismo: Un sueño que tuvieseis de pequeñas.
R.: Yo soñaba con ser granjera. Era la única forma que se me ocurría de estar con animales, que me gustaban mucho, sin tener que ser una temida veterinaria. Visto desde el presente no deja de ser curioso que para legitimar mi deseo de estar con animales tuviera que inventar una profesión remunerada… Cuándo nos preguntan qué vamos a ser mayores se refieren en realidad a qué posición vamos a ocupar en la esfera productiva.
V.: El mío es un sueño vago que me ha acompañado, una promesa de felicidad futura, más una sensación o un sentimiento que una idea o un trabajo. Pienso ahora que sí se ha cumplido.