La libertad que nos avergüenza

Después de darme una larga ducha sin remordimientos he empezado a comprender que mi alma me ha llegado a perdonar por mis pecados internos. Yo, feminista y mujer libre como la que más, también soy quien se fustiga la mañana de después. Yo, que intentaba esconder cuan «zorra» había sido. Yo, que rehacía mis propios pasos cada fin de semana sintiéndome así libre pero también culpable. Y joder, cuanta culpa.

Sin embargo, me he dado cuenta de que uno de los beneficios, por escribirlo de alguna forma, del feminismo es que llega cuando no lo esperas, te abre en canal y te sana. Ayudándote así a perdonar(te) los prejuicios que la sociedad te ha impuesto.

Las primeras veces que me senté delante del ordenador a escribir sobre el movimiento feminista lo hacía de una manera superflua, de hecho, insistía una y otra vez sobre lo más evidente, la necesidad de una igualdad real entre hombres y mujeres. Pero, conforme más me adentro, más entiendo que para ayudar a otras mujeres debo exponer cómo he curado mis propias heridas.

Por suerte o por desgracia, yo me crie en un pueblo pequeño y aunque ya sabemos que el patriarcado está en todas partes, hacedme caso cuando os digo que en los pueblos pequeños se hace mucho más evidente; aquí se analiza y critica cada paso erróneo que das. Y para añadir más carne al asador, yo fui una niña bastante insegura y voluble, que con el paso de los años y sumando alcohol y fiestas se fue volviendo sedienta de vida. Y como nunca había sido instruida en una doctrina restrictiva: yo probé y probé. Pero las dosis de arrepentimiento se manifestaban de manera constante, potenciadas por los oscuros comentarios del día siguiente: «joder tía, anoche te pasaste«, «es que yo no soy de esas cuando salgo«, «¿pero por qué hiciste eso ayer?«, «ibas a por todo lo que se meneaba eh«, «ya podrías ser algo más recatada, que cualquier día te pasa algo«. Sin embargo, sólo hacía falta agudizar un poco el oído para escuchar la otra versión: «ayer te tiraste a esa eh«, «iba a fuego, menuda golfa«, «esta noche volvemos a la caza«, y un sinfín más de comentarios similares que con el paso de los años he acabado olvidando.

Tras un tiempo, tomé la firme decisión de dejar de juzgar al resto porque, a fin de cuentas, era su vida, pero seguía juzgándome y machacándome a mí misma. Desde no ser lo suficientemente buena persona, pasando por haberla cagado como amiga, hasta haberla jodido como pareja. También influye cuan pusilánime te sientas o seas, pero obviando ese hecho, todos cometemos errores en nuestra vida. Ahora sé que es un error el no elegir vivir en libertad, sin pensar en lo que la gente vaya a opinar de ti, por ser libre, diferente o simplemente hacer lo que te dé la gana.

Las mujeres lo tenemos mucho más difíciles por el simple hecho de serlo y porque, zorro en masculino es incluso gracioso. Pero aún así, mi recomendación es que luches y seas quien eras ser. Haz lo que te salga, de donde te tenga que salir y, sobre todo, perdónate a ti misma por juzgarte bajo los criterios del patriarcado. Hemos nacido libres para decidir y ser, vivamos donde vivamos, hagamos lo que hagamos.

Sé tú. Y aunque continúes atormentándote la mañana o el día de después; estoy convencida de que en un tiempo te parecerá una anécdota del pasado, valorarás tus actos y todos los aprendizajes que te supusieron y vivirás en tu libre albedrío rodeándote de personas que te quiere en libertad y por ser tal y como eres.

Andrea Brea Hernández
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