¿Hasta dónde llegamos las mujeres en la universidad?

Desde que en 1841 Concepción Arenal comenzase sus estudios de Derecho disfrazada de hombre y en 1872 Elena Maseras fuera la primera mujer matriculada en una universidad española, la situación y la composición de esta han cambiado de manera radical. Las mujeres superamos los niveles educativos de Grado y de Máster en mayor proporción que los hombres. Sin embargo, al observar los estadios superiores de la carrera académica los datos comienzan a invertirse: Nos encontramos con la denominada gráfica tijera.

Si continuamos avanzando en la carrera académica, el porcentaje de mujeres disminuye y, por consiguiente, aumenta el de hombres. Así, el profesorado de investigación del CSIC está compuesto por solo un 26,6% de mujeres, y nuestra presencia se reduce al 21% en las cátedras y el 16% de los rectorados españoles.

¿A qué se debe este efecto denominado leaking pipeline o “tubería que gotea”? ¿Por qué las mujeres tenemos mayor éxito en las etapas académicas iniciales y esta tendencia no se mantiene en las etapas superiores? Pues bien, una de las múltiples causas es la pérdida de estructuras formales a medida que avanzamos en el mundo académico.
En los estudios preuniversitarios los criterios de evaluación son eminentemente claros y formales, cuando comenzamos los estudios universitarios de grado, esta claridad y formalidad se difumina ligeramente, pero seguimos encontrando unos objetivos a alcanzar para superar los cursos, que podrán ser más o menos justos, pero siguen dotados de formalidad y cierta garantía. La tendencia hacia la pérdida de estructuras continúa al avanzar cada vez más en el mundo académico, dando pie a procesos de acceso y puntuación cada vez más subjetivos y, por tanto, con mayor probabilidad de estar sesgados por prejuicios de todo tipo, por ejemplo, los sexistas.

La pérdida de la estructura formal supone que impere, de manera invisible, la estructura informal, en este caso el patriarcado, los roles de género, los prejuicios sexistas, la endogamia, el “colegueo” entre hombres. El hecho de que los criterios no sean claros, formales y recurribles invisibiliza las discriminaciones que tienen lugar en la toma de decisiones e impide su corrección, en mayor medida incluso cuando se trata de un entorno históricamente masculinizado y en el que aún hoy, la mayoría de los puestos de responsabilidad y decisión están ocupados por hombres.

La ausencia de estructuras formales no es la única causa de que la tubería “gotee” y las mujeres no avancemos de igual manera, pero sí una de las más importantes. La solución de este problema es un asunto de justicia social, que beneficiaría y fortalecería además a toda la comunidad universitaria y evitaría a su vez otros tipos de discriminación.

Ilustración de María García Conde (@maaariagc)

Celia Rodrigo Aguado
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