FAKALI, la Rueda de la Esperanza

Desde el Consejo Estatal del Pueblo Gitano, órgano colegiado interministerial, consultivo y asesor, adscrito al Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno de España queremos aprovechar esta efeméride para lanzar un mensaje de esperanza ante la pandemia que nos acecha, sin olvidar que el ocho de abril es una de esas fechas que tenemos los gitanos y las gitanas señaladas en rojo en el calendario, pues recordamos al mítico Congreso Internacional de nuestro Pueblo, celebrado en Londres en 1971. Congreso en el que participó como único representante español Juan de Dios Ramírez Heredia, un referente y líder histórico importantísimo del Pueblo Gitano. Allí en la capital británica se instituyó nuestra bandera y nuestro himno, que son ya para los más de catorce millones de roms y de romís que conformamos el mundo algo sagrado, que nos identifica y nos señala el camino hacia la libertad.
Las gargantas de aquellos gitanos y gitanas que interpretan nuestro himno hacen sanar nuestro dolor al recordar a las víctimas de la barbarie nazi, a la vez que nos erizan el vello cada vez que pronuncian “A Rromalen, A chavalen”, pues nos transportan a aquellos años en los que a nuestros niños y a nuestras niñas nos los arrebataban de las manos en aquellos campos de exterminio. Quizás por esa solemnidad de nuestro himno y cómo no, por la fuerza que emana de nuestra bandera, para nosotros y nosotras se convierten en dos elementos sagrados, pues ahí están nuestros antepasados, los recuerdos y también nuestra esencia.
Ojalá y hubiésemos podido salir a las calles como cada ocho de abril a gritarle al mundo que nuestra gitaneidad ni se vende, ni se compra, ni tampoco se rinde, pero esta pandemia que azota al mundo nos tiene resguardados bajo un techo que no es el cielo, ni un suelo que no es verde como los campos. Ojalá y pudiésemos sacar nuestras banderas por las calles otro ocho de abril más y con ellas, ir a los ríos para rendir tributo a los que ya no están. Ojalá y las rosas pudieran recorrer las aguas un ocho de abril más.
La lógica, que en estos días es la que debe imperar por encima de todo nos mantiene en casa, probablemente cerca de nuestros seres queridos y si no es física, no nos cabe duda que estamos a su vera con el alma, pues este maldito virus si hay algo que está demostrando es que la sociedad, que va a un ritmo vertiginoso, olvida con asiduidad valores tan gitanos como la solidaridad y el tributo a nuestros mayores. Son precisamente dos valores con los que se puede combatir a este virus, pues cuidando de las personas mayores nos aseguraremos que perduren sus enseñanzas, que son un tesoro de un valor incalculable. Bien lo sabemos en estos días cuando por mor del virus se nos están yendo demasiados. Dios tenga en su gloria a todas las víctimas de esta pandemia sin parangón, enviándoles el abrazo más sincero a todas las familias que están perdiendo a sus seres queridos, con especial recordatorio a las gitanas, pues esta pandemia está siendo también incisiva con las nuestras. No hay palabra que pueda contener el llanto, como tampoco las hay para agradecer a los equipos profesionales que velan por nosotros y nosotras, como son los sanitarios y resto de héroes y heroínas que ponen en riesgo sus vidas para salvar las nuestras. Gracias y mil veces gracias.
Incluso para el COVID-19 hay ciertos tratamientos sociales que sirven para luchar contra este maldito virus, por eso debemos lanzar al mundo el ejemplo de nuestros valores solidarios y colectivos frente al egoísmo individualista. De ellos nuestro Pueblo tiene una tesis doctoral. Que le pregunten a los muchísimos grupos de jóvenes gitanos y gitanas que se están autogestionando para arrimar el hombro a las familias que peor lo están pasando, o a nuestras organizaciones, que están soportando los envites de desprotección que soportan una cantidad ingente de familias gitanas de los barrios más desfavorecidos, o que le pregunten a nuestra tía Klara Pulova, de Tanvald (República Checa), que junto a otras jóvenes gitanas costureras se han puesto manos a la obra para repartir miles de mascarillas cosidas por sus propias manos. La solidaridad gitana también está ahí, por eso sabemos que más pronto que tarde saldremos adelante como sociedad, a pesar de que el virus del antigitanismo parece que no tiene vacuna o al menos, hasta ahora no han encontrado remedio.

Estamos presenciando un repunte de mensajes y de delitos de odio de claro contenido racista, xenófobo y antigitano, los cuales no van a tener otra respuesta que la denuncia, pues la experiencia nos dice que en los momentos de mayores tensiones, de mayores crisis, la crispación provoca que las opiniones se polaricen hasta el punto de llegar a culpar a los grupos más desfavorecidos de todos los males que nos acechan. Esa experiencia de tiempos pasados nos sirve para estar más pendientes que nunca ante los bulos y ante el enaltecimiento del odio. Nos mostraremos, qué duda cabe, implacables contra este virus racista y antigitano, que llena de falsedades, rechazos y estigmas los estamentos sociales y que a su vez tiene un antídoto, como es la unión de todos y de todas, por más que los racistas recalcitrantes nos señalen de seres asociales que no cumplen con lo establecido, siendo justamente al contrario, pues una inmensa mayoría no sólo estamos cumpliendo, es que además nuestro sello solidario está siendo en estos días aún mayor si cabe.

Tampoco podemos permanecer impasibles al ver cómo el impacto de la pandemia ha agravado de manera preocupante a las personas más vulnerables, entre las que se encuentran una parte importante de las familias gitanas, por eso, desde nuestra responsabilidad no nos vamos a olvidar de quienes peor lo están pasando. Ahora más que nunca las instituciones públicas tienen el compromiso de trabajar sin dejar a nadie atrás, y por ello hay que seguir reclamando enérgicamente para que las medidas adoptadas y destinadas a paliar los efectos tan duros del COVID-19 lleguen lo antes posible a esas personas que continúan sin ser atendidas. Asimismo, nuestro reconocimiento más sincero a todas las organizaciones civiles que tratan en estos días de responder a las necesidades más inmediatas de las familias con mayores índices de pobreza y exclusión, entre ellas las familias gitanas.

Por todo ello y aunque permanezcamos en nuestros domicilios, pequeños y humildes, continuemos este ocho de abril, distinto a los demás, sacando nuestra bandera al balcón como nos pide Juan de Dios Ramírez Heredia, inundando de gitaneidad cada rincón de este mundo. Lo haremos recordándoles a las instituciones y a la sociedad en general que no podemos seguir siendo el eslabón más débil para afrontar la vida. Lo haremos recordando que nuestra historia más dura ha formado parte de las cicatrices de nuestra cultura y a pesar de ello, la esperanza ha sido la fuerza que nos ha mantenido fuertes y unidos.

Lo haremos en esta ocasión y aunque sea simbólicamente, con una bandera gitana con un crespón negro, recordando a todos los que hemos perdido, pero siempre lo haremos mostrando ese orgullo que nos inculcaron nuestros antepasados, que atravesaron mil y una calamidades, pero que jamás se rindieron de igual manera que no lo haremos nosotros, pues con el mismo coraje que desprende nuestra bandera azul y verde, no nos conformaremos viendo cómo se pisotean nuestros derechos. Miremos a nuestros niños y a nuestras niñas, pues ahí está la esperanza de un mundo nuevo. En sus caras está la ilusión de un nuevo día y con ellas, se alimenta nuestra alma. Ese es el sentir de nuestro Pueblo, fuerte y unido como una sola familia, recordando con nuestras velas a los que faltan, pero mirando hacia un futuro que gira, tal y como lo hace la rueda. Un futuro e incluso un presente en el que juntos seremos más fuertes, consiguiendo vencer a todas las trabas y penurias que nos ponga el camino. Así ha sido siempre nuestra historia que como la rueda, está llena de esperanza.

¡Sastipen thaj mestipen! ¡Salud y Libertad!