El acoso callejero, que da para mucho

>> La primera parte de este artículo se titula ‘¿Dónde vas tan sola?, la pregunta del millón’.

¿Qué mujer desde que comienza la tan temida adolescencia no ha oído a gritos algún improperio proveniente de un coche desconocido? ¿Qué mujer joven o adulta no ha tenido la sensación de que estaba siendo poco precavida al ir por la calle? ¿Qué mujer no ha recibido palabras de protección por parte de su familia y/o amigos?

La consabida sensación de protección que se formula en frases como: ‘¿vas a ir sola?, ¡no vayas sola!, dile a algún amigo que te acompañe, dame un toque cuando llegues y avísame cuando vayas a volver, mándame tu ubicación en tiempo real’.

El miedo es tan poderoso que no lo siente quien ya sale condicionada a lo que pueda ocurrirle, sino que también se apodera de quien se queda en casa, de la amiga que no sale o del novio que ese día ha decidido no acompañar; miedo a los monstruos que nos acechan en las esquinas -independientemente de que sea de día o de noche-, miedo al peligro, miedo que se retroalimenta.

Y ahí nos vemos muchas mujeres corriendo por la calle como si no hubiera un mañana, haciendo como que hablamos por el móvil, cogiendo un taxi para ir sólo dos calles más allá; y entramos en un bucle y la controversia se hace presente en nosotras; soy libre, pero tengo miedo. Anticipo el miedo a que nos persigan por la calle, en el bar, en la discoteca o en la playa (en cualquier parte realmente). A fin de cuentas, son tragedias que sufrimos y trasladamos incluso a nuestras hijas.

Continuaremos teniendo miedo mientras el patriarcado perpetúe que las calles pertenecen a los hombres.

Águeda González
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