¿Dónde vas tan sola?, la pregunta del millón


Viñeta de la Ilustradora Emma Gascó
¿Dónde vas tan sola?‘ es una frase que, además de lapidaria y machista (como tantas otras), a mí me encierra dos situaciones, dos argumentos, dependiendo de a qué vivencia la apliquemos.

Primera vivencia.
En más de una, dos, tres e incluso más ocasiones muchas mujeres hemos vivido si no esta misma, una situación excesivamente parecida a la que describo a continuación: Vas por la calle y un hombre te mira, se acerca y formula la pregunta del millón ‘¿dónde vas tan sola?’.
Y a pesar de la inmensa variedad de respuestas, planteo dos opciones: Opción 1) Respondes. ‘¿A ti qué te importa?’ o un ‘¡tío vete a la mierda!’, o cualquier otra exclamación que te salga de dentro. Ante esta respuesta, algunos hombres han callado y seguido su camino; pero, ¿y los otros? Estos últimos han respondido porque ha entrado en juego el daño a su masculinidad (frágil, que todo hay que decirlo): ‘¡que te den, puta!’, ‘¡te creerás guapa y eres más fea que -insertar adjetivo comparativo con, probablemente, otra mujer-!’; y un largo etcétera de opciones más. Opción 2) No respondes. Continúas caminando. Ese mismo recorrido lo hace también el caballero en cuestión (entiéndase la sorna) y, además, prosigue con su discurso: ‘¡una chica tan guapa y sola, es un peligro!’ (imagino que no para él), o ‘¿te acompaño, preciosa?’, ‘¡cómo se puede ser tan guapa e ir tan sola, los hombres ya no valemos para nada!’ (aplicándoselo para sí mismo, esto es afirmativo: no vales una mierda como humano).
Esta situación se agrava cuando te encuentras con un grupo y aprovechando que lo son, se vienen arriba y ahí tiramos de lo que sea para amedrentar, ridiculizar, avergonzar o para producir miedo.

¿La segunda vivencia? En un futuro artículo, que el acoso callejero da para mucho.

Agueda González