Consentimiento y, también, deseo

Imagen: Niña Palta
‘No es no’
gritamos a los cuatro vientos en cada manifestación feminista y al final, ese clamor se ha convertido en una seña de identidad tras la que nos protegemos. Y gritamos, cada vez más fuerte, con más voces que despiertan, con más rabia ante la impunidad que ‘NO ES NO’ y aunque lo repetiremos hasta la saciedad también somos conscientes de que no sólo pedimos consentimiento, sino también deseo.

El deseo entendido desde la perspectiva femenina se ve enterrado por lo que el heteropatriarcado presupone para nosotras, queramos o no, visto desde una única mira, la masculina genérica.
Y es que solo sí debería ser sí y, además, expresar el deseo de nuestros cuerpos debería dejar de ser, de una vez por todas, la mayor vergüenza en la vida de las mujeres que reclaman una y otra y otra vez nuestra liberación del yugo de lo masculino.

Nuestra sexualidad se ve castrada desde todas las esferas confundiendo consentimiento y deseo; y mientras el primero -el consentimiento- debería ser la base de cualquier relación sexual (pues estamos hablando de este tema, aunque estaría bien que fuera el pilar en más ámbitos) y, por otro lado, el deseo debe ser el motor de la acción sin el que no debería existir la acción.

A la hora de la verdad, resulta sencilla la teoría pues la diferencia es evidente pero en la práctica existe una delgada y peliaguda línea en la que se combinan la confusión y el rechazo hacia escuchar a las mujeres, qué queremos y reclamamos; y el miedo crece en nosotras que seguimos luchando de manera desesperada para que, al menos, el límite del consentimiento quede claro de una vez por todas y para siempre.

Jessica Núñez