Brujas: fuimos, somos y seguiremos siendo.

La cacería de brujas fue traída a América Latina por los conquistadores. El colonialismo y dominación, a través de la evangelización, promovió el pensamiento y legitimó las prácticas persecutorias y punitivas a los actos de sublevación de las mujeres sabias que hacían uso de sus poderes mágicos, en rituales individuales y colectivos.

La magia de las mujeres; concebida como observación, interpretación, conexión e influencia en la naturaleza, fue ligada a la brujería y la hechicería –“hacer de las mujeres con ayuda o pacto del demonio”– generando la diseminación y socialización histórica masiva del odio hacia las mujeres (misoginia), su persecución y muerte genocida.

La existencia y quehacer de las brujas ha sido mitificada, desdibujada la dimensión de su genocidio y perpetuada la impunidad de sus perpetradores: la Iglesia, el Estado y los pobladores permeados de las ideologías conservadoras y reaccionarias, incluidas la superstición y el odio.

Silvia Federicci lo explica magistralmente, en su libro “Calibán y la Bruja”:
“La caza de brujas en Europa fue un ataque a la resistencia que las mujeres opusieron a la difusión de las relaciones capitalistas y al poder que habían obtenido en virtud de su sexualidad, su control sobre la reproducción y su capacidad de curar. La caza de brujas fue también instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del Estado y transformados en recursos económicos. (…) La batalla contra la magia siempre ha acompañado el desarrollo del capitalismo, hasta el día de hoy (…). Al intentar controlar la naturaleza, la organización capitalista del trabajo debía rechazar lo impredecible que está implícito en la práctica de la magia (…). La magia parecía una forma de rechazo al trabajo, de insubordinación, y un instrumento de resistencia de base al poder. El mundo debía ser ‘desencantado’ para poder ser dominado.”

En el caso de América Latina, las mujeres que utilizaban sus poderes, desempeñaban roles en sus sociedades y comunidades relacionadas con la sanación y el cuidado del bienestar holístico, desde una cosmovisión originaria que concibe al cuerpo como territorio. Las brujas son guardianas de la memoria de lo femenino, su divinidad, su carácter sagrado y espiritual; fueron y son aquellas mujeres que escapan y habitan espacios invisibles a los ojos de la razón, imaginan y crean muldimensionalmente, otros mundos alternos, simultáneos y atemporales, con sus poderes de transformación: la imaginación y la magia como puente de comunicación y transferencia de energías, que nos entregan los testimonios de las voces y memorias de las brujas, sus saberes y rituales de sanación, protección y rebelión de lo místico, lo sagrado, lo divino.

Su legado es la resistencia y sublevación a la violencia y genocidio ejercidos sobre ellas, a través de los siglos.

Imagen: Pinterest

Montserrat E. Maitrett (Sinfonía)
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