Banalización del feminismo: grandes empresas que se aprovechan del movimiento por Marta F. Naranjo

 

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Vivimos actualmente en un sistema capitalista del que, por mucho que queramos, no podemos escapar. Por lo tanto, todos los cambios que sufrimos como sociedad también se ven reflejados en los productos que se nos ofrece a los potenciales consumidores.

Y el feminismo, al igual que el resto de movimientos sociales, no es una excepción. A medida que comenzaba a tomar mayor relevancia con el principio de la tercera ola, las distintas marcas se plantearon cómo podían incluirlo.

El problema comienza cuando este cambio no viene provocado por el deseo de avanzar como sociedad, sino exclusivamente por el beneficio económico que supone. Porque en muchas ocasiones, más que tratar de establecer medidas verdaderamente feministas (como no explotar laboralmente a las mujeres que tienes contratadas o intentar solucionar los problemas de acoso y sexismo que tenga la empresa), la preocupación reside exclusivamente en cómo aparentar serlo.

Nos encontramos ante un lavado de cara en el que el verdadero significado del movimiento se ha perdido. Las grandes empresas se están aprovechando de un movimiento que realmente no les importa. ¿De qué sirve que en tus anuncios muestres a mujeres fuertes y luchadoras si a las que tienes contratadas las penalizas cuando van a la manifestación del 8M?

De hecho, el capitalismo no sirve como propulsor de movimientos sociales, sino que simplemente se adapta a ellos de forma conveniente. El feminismo que queda representado no es el real. No se expone en su totalidad, sino que se restringe (normalmente al liberal y sin conciencia de clase), estableciendo por lo tanto una línea que separa qué mensajes consideran correctos y cuáles no.

Te venden que que la igualdad se va a conseguir fomentando la depilación masculina, en vez de reconocer que el que una mujer se depile es una decisión más que una imposición. Somos feministas, sí, ¿no ves tenemos camisetas que lo indican? Y al llevarlas no pasa nada si criticamos a una mujer por cómo le queda un determinado vestido, o porque se le haya corrido el maquillaje en una gala.

Esto no es algo nuevo. Ha pasado durante años, y seguirá sucediendo donde muchos más. Tenemos también al capitalismo rosa, que finge preocuparse por los derechos del colectivo LGBT aunque curiosamente solo represente a hombres gay, cisgénero, blancos, occidentales y con poder adquisitivo. Y con la creciente preocupación por el cambio climático estos últimos meses, ya han sacado camisetas con el mensaje de “There is no planet B” empresas que tiran al día miles de kilos de plástico.

¿Y qué podemos hacer ante esta banalización? Aparte de luchar para modificar cómo están organizadas las cosas, no nos queda otra que permanecer críticos, sin no olvidar qué estábamos tratando de conseguir en primer lugar. No podemos dejar que el interés económico desacredite aquello por lo que luchamos.

Marta F. Naranjo